Cuando estamos pendientes de lo que sucede a nuestro alrededor nos olvidamos de nosotros mismos. Focalizar la atención en estímulos externos —como escuchar la radio al acostarnos— evita la introspección. A menudo, lo hacemos de un modo casi inconsciente. Para huir de la reflexión y casi diría de la búsqueda interior, llenamos nuestras vidas de cosas insustanciales y de ruidos. El silencio, en cambio, nos obliga, queramos o no, a concentrarnos en los estímulos internos, en los que vienen de nuestro propio cuerpo y de nuestra mente. Claro, al prestarnos atención a nosotros mismos, no siempre percibimos sensaciones agradables… Aun así, es muy recomendable que practiquemos la comunicación con uno mismo, a la que podemos llamar comunicación interior. El silencio es el primer paso para afrontar y reconocer las circunstancias de las personas. Luego viene la comunicación con los demás, pero primero es fundamental el silencio y el encuentro interior.
Por tanto, el silencio es una fuente de reflexión y autoconocimiento. No es su único ámbito de utilidad. Hay, por lo menos, dos más: es también una fuente de inspiración y una herramienta de comunicación interpersonal.
La utilidad del silencio como fuente de inspiración es evidente, como saben no sólo los profesionales de la creación (pintores, escultores, escritores, etc.) sino cualquier persona que afronta un proceso creativo.
¿Qué utilidad tiene en la comunicación interpersonal? El silencio está estrechamente relacionado con la prudencia, virtud que se representaba en la antigüedad como una matrona con un espejo (emblema de la reflexión y el conocimiento de uno mismo), y una serpiente (emblema de la astucia). Ortega y Gasset recalcó los beneficios del silencio en las relaciones personales. Según el filósofo, si una persona dijera a otra todo lo que piensa y sabe de ella, la convivencia sería imposible porque hay silencios de tolerancia y amistad que son de gran valor social. El respeto a los demás exige ocultaciones, disimulos y omisiones perfectamente justificables.
Algunos autores clásicos han escrito sobre el silencio en las relaciones personales. Alguno, como Dinouart, un eclesiástico francés del siglo XVIII, contemplaba el silencio sobre todo como un acto de contención y control de sí mismo. Otros —Gracián o Maquiavelo entre ellos— incidían en el carácter estratégico del silencio, es decir, en el poder de influir en el interlocutor mediante el cálculo o la táctica. Como todos hemos experimentado, a veces, en la comunicación con otros, el silencio puede ser ensordecedor.
Para profundizar sobre el silencio como fuente de auto-conocimiento, puedes ver el artículo “La comunicación interior”.